Josefina Vicens, en su novela El libro vacío, escribe sobre la imposibilidad de escribir, tema del que mucho saben tantos aspirantes a ese oficio de tinieblas y de luces, el de escritor. Octavio Paz, en una clara aunque paradójica “Carta prefacio” que alerta a los lectores, se acerca a la confesión cuando dice que Vicens trata de “la imposibilidad de escribir y la necesidad de escribir, el saber que nada se dice aunque se diga todo y la conciencia de que sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el sentido de la vida”. Malhaya quien piense que esto es un simple juego de palabras. El personaje masculino de quien se vale la novelista para decir lo propio, en una página de terror a la luz del día, describe la fiebre, la atracción de abismo que experimenta el protagonista cuando se dispone a escribir y no logra nada.

Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra. En el trazo de esta primera palabra pongo una especie de sensualidad: dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé que es ese algo, pero el placer de ese instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade un momento después. Pienso entonces que algo, algo físico falta. La pipa está muy sucia, hace varios días que no la limpio. ¡Cómo voy a poder escribir si esta maldita pipa está tapada! Me pongo a limpiarla, maquinalmente, y poco a poco la esperanza solícita, piadosa, vuelve a aparecer. ¡Eso era, claro! ¡Ahora sí! Mejor una hoja nueva, limpia, y otra vez, lentamente, la mayúscula de gala.
 

Hay que dejar a José García con la espiral girando en la cabeza, “tratando de encontrar algo, ese algo que exprese algo”, y decir dos palabras sobre el comienzo de un escrito. Primero, nadie puede pasar al papel, claramente, lo que resulta nebuloso en el cerebro. En un espectáculo teatral montado a partir de poemas de Óscar Oliva, se decía que Las musas si existe, y son muy cachondas. Pero más vale confiar en nuestros propios medios y dejar que las musas, cachondas o no, musiten al oído de aprendices de poeta. A uno le será de mayor provecho, sin lugar a dudas, ponerse a ordenar las ideas haciendo un esquema del escrito, donde cada enunciado resumirá lo que luego se irá desarrollando en uno o varios párrafos. Escribir sin rumbo fijo, sin un plan que jerarquice los datos, sistematice la información, disponga lógicamente las divisiones de un escrito, con toda seguridad conducirá a retacar los apartados de frases deshilvanadas, páginas oscuras, textos ilegibles que ningún corrector de estilo podrá salvar.  Lo que en periodismo se llama entrada busca pescar al lector, atrapar y retener su atención, pues ante la abrumadora cantidad de información que ofrece un periódico, una revista, el lector medio revisa los encabezados y orienta los ojos hacia lo que promete ser atractivo; pero si la entrada es floja abandonará la lectura. El primer párrafo, y aun la primera frase, suelen ser determinantes. No se piense que el esfuerzo por empezar bien debe preocupar sólo a los autores de textos breves: también los libros se abandonan si a uno -como dicen los lectores- no lo atrapan. En resumen, al tomar una pluma o el teclado debe tenerse la mayor claridad posible acerca de lo que va a tratarse y del orden más conveniente. Se recomienda hacer un esquema del escrito a base de enunciados o proposiciones, que será la mejor guía durante la redacción.