Para muchos escritores, el que su libro esté a la venta en una librería es algo necesario, pero ¿qué hay detrás de ellas?

Si bien una librería parece el lugar más lógico para vender un libro, para las editoriales pequeñas, ubicar sus libros en las librerías, lograr que se vendan a los lectores y cobrar por ellos son tareas agotadoras y, muchas veces, desalentadoras.

Hace aproximadamente veinte años, las librerías eran, en su mayoría, negocios familiares, atendidos por gente que encontraba placer en la venta de libros y que hacía de esa actividad su modesta forma de vida. Las utilidades eran pequeñas y el costo de mantener un inventario era reducido. Pero las editoriales contribuyeron a que esa situación cambiara, al permitir la práctica de las devoluciones. Puesto que la mayoría de las librerías eran pequeñas, comparadas con las dimensiones que se tienen en la actualidad, y tenían pocos títulos en pasta dura. La encuadernación en rústica fue revolucionaria y amplió el mercado del libro, pero no cambió verdaderamente la estructura de la industria.

Aunque había menos editoriales en aquellos días, las librerías realizaban un mayor porcentaje de pedidos directamente a la editorial, en lugar de hacerlos a través de distribuidores. Los representantes de ventas de las editoriales visitaban las tiendas, hacían sugerencias, recibían los pedidos de los nuevo títulos, revisaban el fondo editorial e, incluso, exploraban los estantes de las tiendas para saber qué libros estaban a la venta. Los sistemas de inventario computarizados y las reposiciones automáticas no se habían inventado. Los márgenes, siempre estrechos, favorecían a la editorial y era ella quien establecía las condiciones.

A esta estructura se le sumaron miles de nuevas editoriales pequeñas, distribuidores independientes, nuevas tecnologías y las cadenas.

Los cambios en la estructura de la industria, quizás inevitables en el mundo contemporáneo, han tenido efectos tanto positivos como negativos. Los consumidores de todo el mundo hoy tienen rápido acceso a más libros que los que nunca hubiesen imaginado que existían. La gente de muchas pequeñas ciudades puede ingresar a supertiendas que ofrecen decenas de miles de títulos, en tanto que cualquier persona cuente con una computadora y un módem puede ingresar a una librería en línea y acceder a una base de datos que incluye millones de títulos. Como editor o autor, se tiene la seguridad de que el lector que está buscando el libro lo encontrará. La desventaja es que con tantos libros compitiendo, los lectores necesitan una excelente motivación para elegir el libro de entre las numerosas opciones que se les presentan.

Hoy en día, las editoriales tienen poco poder para negociar con las pocas cuentas que controlan un porcentaje tan grande de ventas y, como consecuencia, van cediendo cada vez más puntos de descuento. Al mismo tiempo, las devoluciones se han incrementado en escalas monumentales y, por si fuera poco, el principio según el cual un libro devuelto debe estar en buenas condiciones para que pueda ser acreditado. 

Quienes dependen de las librerías para la mayor porción de sus ventas, necesitan un mayor volumen de ventas para lograr la rentabilidad de un libro. También deben destinar parte de sus restringidos presupuestos a sus acciones de marketing, para estar a la altura de las condiciones competitivas del mercado.

¿Verdad que no es tan fácil?