“Lee mucho. Si lo piensas, toda escritura es una lectura”.

La escritura tiene por objeto la lectura, por lo tanto, ser escritor significa ser lector. Existen muchos escritores, cada uno de ellos lee tanto por el placer de leer como “por trabajo”.

Como escritor, eres lo que lees. Aquello que incorporas como lector influye en lo que produces como escritor: la clase de cosas sobre las que escribes, la manera en que manejas el lenguaje, la forma en que cuentas historias, compones poemas, construyes obras dramáticas u organizas tus ensayos. No puedes evitarlo, así son las personas y todos los artistas, todos los artesanos, aprenden a perfeccionarse estudiando las obras de los demás, especialmente las de aquellos a quienes admiran y consideran los mejores. Escribir es a la vez arte y artesanía. Por ello, lo que lees es tan importante como cuánto lees.

¿Qué otros efectos produce la lectura?

  • Lectura que me da ganas de escribir. Algunos libros dan ganas de volcar palabras en el papel, estimulan, despiertan el apetito, impulsan a seguir adelante en tiempos tediosos y difíciles.
  • Lectura que me informa sobre lo que necesito saber para escribir mis propios libros. Supongo que la mayoría de las personas lo llama “investigación”; si quieres escribir algo, necesitas materia prima para tu trabajo. La lectura de libros (y, en la actualidad, de material en Internet) es la mayor fuente de suministro.
  • Lectura que me enseña a escribir o que perfecciona mi escritura. Siempre que lees, parte de tu mente está alerta para descubrir fragmentos que colaboren con tu propia escritura. Comienzas a leer un capítulo de una novela y te descubres pensando: “Ésta es una buena manera de comenzar”; entonces la archivas para adaptarla más tarde a tu propia producción. Incluso, puedes copiar el fragmento en el cuaderno que siempre acompaña a la novela que estés escribiendo, a fin de no olvidarlo. Cuando te sientas atascado y tengas dudas acerca de la manera de desarrollar una escena, recorre los estantes de la biblioteca donde se encuentren tus autores preferidos, los libros que admires, a la búsqueda de una escena que te dé una pista o te proporcione un marco de referencia, un modelo que te permita avanzar. De ninguna manera “copies” servilmente. Pero existe una verdad que no suele admitirse públicamente: toda escritura es un robo. Tomas de otros autores aquello que te ayuda y lo reciclas en algo propio.
  • Lectura que aleja mi mente de mi propia escritura. “Mientras escribía”, afirmaba Ernest Hemingway, “necesitaba leer después de escribir… para no pensar en mi trabajo ni preocuparme hasta el momento en que lo retomara”. Hay libros que dan ganas de escribir y hay libros que permiten tomar distancia del trabajo y refrescan la mente. Aquellos que refrescan y renuevan la energía difieren, según el libro que esté escribiendo.

De todo lo anterior, se podría decir que la lectura es sólo un elemento que ayuda. En primer lugar, eres lector y luego escritor. La lectura hace de ti quien eres. La escritura te transforma. Estarías perdido si no leyeras, no sabría quién eres. Al leer lo que has escrito, descubres en qué te has transformado.

Dos sugerencias:

  • Primera: Lleva un registro de lo que leas. Nada complicado, simplemente un cuaderno con una lista de la fecha en que hayas terminado de leer un libro, su título y autor. Leer es como viajar.
  • Segunda: Aprende a leer lentamente y aprende a escuchar lo que estás leyendo como si se tratara de una lectura en voz alta. Toda lectura, toda escritura consiste en utilizar el lenguaje. Presta atención tanto a la manera en que se utiliza el lenguaje como cada uno de sus elementos: el sonido de su música, sus ritmos y tonadas, su cadencia, sus pausas, su síncopa y sus armonías, sus discordancias y polifonías, aquello que se dice y aquello que no se dice. Para lograrlo es necesario que leas con la suficiente lentitud como para escuchar el sonido de su música en tu cabeza. (Si te resulta difícil escucharlo dentro de tu cabeza, léelo en voz alta).

Si actúas de esta manera, alcanzarás el objetivo de toda lectura y toda escritura: disfrutarla tanto como para hacer de ella un motivo de goce permanente y vivir la vida en plenitud.