Todos aspiramos a que lo escrito suene a plática de noche larga entre amigos, cálida, cercana.

Nadie escribe como habla, por más que de alguien se diga que habla con puntos y comas.

En la literatura se ha intentado infinidad de veces reproducir la expresión oral, sea de una región determinada o de un sector de la población. Sin embargo, los diálogos más naturales de una novela suenan afectados, por ejemplo, cuando se les lleva sin cambios al teatro o al cine.

Para reafirmar la convicción de que habla y escritura se mueven en campos diferentes, va una anécdota:

A Manuel Buendía, el periodista asesinado por escribir denuncias con pelos de tantos burros en las manos, un buen día se le ocurrió jugar una mala pasada al ex jefe máximo de la policía capitalina. No hizo más que poner por escrito, sin agregar ni quitar nada, un diálogo telefónico entre el funcionario y otra persona. Los comentarios sobraban. La llamada de atención que sin duda recibió el columnista indicaba a las claras que cuando uno habla suele decir alguna incoherencia, dejar sin terminar una frase, saltar de un tema a otro sin enterarse, etcétera.

Más allá de las incongruencias, frases inacabadas y demás, habría que pensar también en las hablas regionales, plenas de color y sabrosura, pero que más se hablan que se escriben.

Al escribir se rescata lo perdido en el habla.